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| El garage |
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La bajada se efectuó con mucha rapidez. Como todos los días. Proteger al nuevo Don, tenía su relevancia. Tres hombres lo hicieron por las escaleras, quedando en el portal uno de ellos, para reforzar al segurata y el conserje de noche. Confiados en la rutina cotidiana, supervisaron someramente el garaje sin efectuar un detenido peinado de la zona. El ascensor que lo transportaba desde el noveno piso acompañado por tres guardaespaldas y su consigliori, comenzó a descender, apenas avisaron desde el sótano. Velozmente otro hombre, descendió por las escaleras para reforzar al que guardaba el portal.
El edificio en pleno centro de Marsella, propiedad de la familia era el lugar donde el viejo padrino había construido el imperio, desde algo más de un año dirigido por su hijo.Los dos primeros pisos estaban ocupados por apartamentos donde vivían alguno de sus hombres. el resto lo conformaban las distintas oficinas del holding Familiar.
Eran las ocho de la noche, habitualmente la hora en que se dirigía de regreso a casa escoltado por un total de nueve guardaespaldas armados, en tres automóviles, uno de los cuales esperaba en la estrecha calle junto a la salida con dos de ellos a quienes se unían cada día los que cubrían el portal que daba a la avenida. Estaba anocheciendo.
Los tres coches oscuros e iguales, con cristales tintados, hacían difícil identificar donde viajaba el nuevo Don.
El ascensor llegó enseguida y tras salir los guardaespaldas, lo hicieron ellos. Con la mirada en cada una de las distintas plazas ocupadas y trajeados elegantemente protegían así la vida del nuevo padrino. Comenzaron el corto trayecto hacia los dos coches. Caminaban despacio silenciosos, algo apartados de sus jefes, eran soldados de la familia.
Uno de ellos, el que portaba una “lupara” repetidora del doce que apoyaba sobre su hombro derecho con los dedos en el gatillo, iba cerrando la pequeña comitiva.
El nuevo padrino acostumbrado a ese tipo de vida desde niño, relajado, charlaba con su consigliori mientras los otros dos con la mano sobre la culata de sus automáticas enfundadas al cinto se abrían en abanico, llegando ya junto a los chóferes que esperaban con los motores en marcha y las puertas abiertas.
La iluminación resultaba deficiente. Los tubos de neon daban una tenue claridad amortiguada por los colores oscuros de casi todos los coches que allí se encontraban, unos sesenta u ochenta vehículos estacionados en sus correspondientes plazas delimitadas con pintura amarilla. Muchos de ellos lujosos, de gran cilindrada.
Entre todos uno desentonaba sin precisamente por ello llamar la atención, en su interior acechaba el equipo enviado, varios hombres acechando el momento de dar fin al joven padrino y su séquito.
Un golpe de efecto a la antigua usanza, un escarmiento como a ellos les encantaba hacer desde tiempos históricos, en que miembros de las Familias se mataban en Italia y en sus guetos de los Estados Unidos, estaba a punto de ocurrir.
Un trabajo que hubiera resultado más fácil hacerlo con cualquier artefacto explosivo colocado en algún vehículo allí estacionado, pero la efectividad emocional efectuado así, daría su fruto de inmediato descolocando a todos los miembros que inseguros, huirían hacia lugares mas controlados por su organización.
Patricia puso en marcha el pequeño utilitario en el que se encontraba y pausadamente comenzó a maniobrar observada por los pistoleros. Era junto con Alejandra las únicas mujeres del grupo ejecutor.
Les había llevado quince días conseguir toda la información para llegar hasta allí, eso si con relativa facilidad, gracias a la ayuda prestada por la secretaria del consigliori de aquellos.
Manipulada por la gente de Nápoles se prestó por fin a ello aún sabiendo que su vida peligraba. A fin de cuentas la gente de la Camorra jamás se llevó bien con la familia siciliana y deseaba conseguir el puerto de Marsella para su control.
Tan sutil como macabro, este equipo de especialistas, cobraba por lo que se supone sabían hacer y la cifra marcada, era lo suficientemente sustanciosa como para exigirse mutuamente la máxima eficacia.
Jamás demostraban nada que supusiera vanagloriarse de sus actos buscando absurdos reconocimientos.
Precisamente el alto precio en que se cotizaban, para quien los contratara, la organización del Sur en este caso, quedaba tranquilo ante la seguridad del trabajo bien hecho.
Había en el circuito muchos grupos estafadores. Los clientes del nuevo mercado escogido por aquellos, eran los norteamericanos. Pero Europa era distinto y aquí se precisaba de reputación para acceder al “trabajo”.
En éste, por encima del negocio estaba la lealtad a la amistad que le unía con la gente del Sur y por supuesto eran reputados especialistas en misiones donde los imitadores nada conocían de metodología, coraje estrategia o ejecución.
En el interior del vehículo, agachados ocultos para no ser vistos, los tres hombres, permanecían inmóviles desde que escucharan las puertas plegables del ascensor. Las dos Ingran y la Heckler del Corso tenían puestos los silenciadores que casi eran mayores que las armas.
Hacía mucho calor. Marsella de por si con su clima pegajoso resultaba incomoda siempre, tanto más si a las ganas de acabar con el trabajo, se sumaba el insoportable ambiente dentro de la pequeña furgoneta.
Esta de una supuesta empresa de fontanería, sin ventanas en la parte de atrás y tres puertas, olía mal, muy mal, como si en su interior se hubieran descompuesto kilos de marisco y pescado. Un hedor nauseabundo que invadiendo sus pituitarias los hacía indemnes a la pestilencia.
Su color blanco igual a los tres monos de sus ocupantes, resaltaba entre todos los allí estacionados, tanto que quedaron fuera de sospecha al verlos.
Nadie podía suponer que en los tiempos actuales alguien intentara algún golpe maestro de esa envergadura contra la poderosa familia marsellesa y con una furgoneta.
Patricia comenzó a maniobrar entre las columnas y los dos coches. Debía atravesar una treintena de metros antes que se pusieran en marcha con dirección a la rampa de salida. Cuando paso por su lado, lo hizo muy despacio, casi al paso, saludo tímidamente, como una inocente estudiante universitaria lo pudiera hacer, ya que eso parecía y aguantó la miraran aunque no le contestaron.
Los sobrepaso, el nuevo Don estaba ya en el interior del primer coche, en su parte trasera, con las puertas cerradas. Lentamente iniciaron su camino hacia la salida tras confirmarles desde la calle la total normalidad en la misma, a través de las pequeñas emisoras acopladas que mantenían en contacto al grupo de protección en todo momento.
Al final de la veintena de metros que separaba el comienzo de la rampa con el exterior, Patricia detuvo el utilitario pegándolo contra la puerta hasta bloquearla.
Antes de descender, puso la primera y echó el freno de mano. Era suficiente para evitar se abriera la puerta de chapa controlada por mando a distancia. Tenían breves segundos para hacer el trabajo.
Tan pronto advirtieran el motivo por el que no respondía la apertura de la puerta, cundiría la alarma entre todos ellos.
Vio doblar la esquina abajo en la rampa, al vehículo que al percatarse de la anomalía seguramente encañonarían la zona como medida precautoria.
Rápidamente semi agachada avanzó hasta resguardarse tras una columna adosada en la pared. Comprobó su arma semiautomática y esperó. Todo sucedería en cuestión de segundos y ella acababa de iniciar la operación con la maniobra realizada.
Al unísono e incorporándose en el asiento trasero, el Corso dio varios golpes en el hombro derecho del conductor que permanecía al volante, apenas pasaron los dos vehículos por delante de ellos.
-¡Vamos!, ¡Vamos!...- Le ordenó. Era preciso cortarles la retirada una vez estuvieran en la rampa y el factor sorpresa resultaba decisivo.
Como tenían el motor en marcha salieron tras ellos, sin levantar sospechas, con la comitiva. Se trataba de actuar tal y como lo hicieron.
Saltaron de la furgoneta por la puerta trasera y comenzaron a disparar, mientras les cortaban el paso dejándola atravesada en el comienzo de la rampa, consiguiendo bloquear así su retirada.
Los habían acorralado. Para cuando quisieron descender de los coches era demasiado tarde.
Los silenciadores solo dejaban escuchar las ráfagas de disparos a manera de contundentes chasquidos imperceptibles desde la calle en aquel callejón de hormigón.
En fuego cruzado su experiencia evitó se mataran entre ellos. Patty no ceso de disparar, lo hizo, aproximándose al primer objetivo.
Las lunas y los cristales laterales, saltaban hechos añicos por los impactos de los proyectiles, que atravesaban la chapa de los dos vehículos. Cambiaron de peines en varias ocasiones hasta conseguir acribillarlos. A los sicilianos no les dio tiempo de reaccionar. Segundos vitales que otorga el factor sorpresa si la estrategia esta bien dirimida.
Patricia, desde que comenzara a disparar en la parte superior izquierda de la rampa, y hasta llegar al hueco de la ventanilla del conductor del primer coche, había recorrido una veintena de metros disparando unos ciento noventa proyectiles.
Cuando asomó el silenciador de su metralleta y remató con largas ráfagas al joven Don, su consigliori, al guardaespaldas y el chofer, prácticamente estaban muertos ya.
La misma intención llevaba cuando llegó al segundo, aunque esta vez no era preciso ya que sus ocupantes habían muerto los primeros, por las descargas de los tres hombres.
Patricia se convertía en una maquina programada, nada la hacia titubear. Desde que el Corso la conociera, venia observando su manera de actuar y no le cabía la menor duda que aquella delicada jovencita disfrutaba produciendo adrenalina y sintiendo esa sequedad tan especial en la boca que siempre aparece momentos antes del caos que se produce al dar comienzo la eliminación del objetivo designado.
Sin perdida de tiempo, echaron en el interior de cada uno de los vehículos implicados bombas incendiarias activadas a distancia.
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